VENUS

VENUS: Regente de Libra y la Casa 7 /Tauro y la Casa 2
El Circulo del Espíritu sobre la Cruz de la Materia.

Nota clave: El amor consciente, el sentimiento. Cooperación. Dar y recibir. Compartir. Compromisos. Belleza. Valores. Comparaciones. Arte. Gusto. Formas de cambio. Dinero. La manera en la que intentamos hacernos felices, tanto a nosotros mismos como a los demás.
Correspondencia psicológica: En Tauro: perseverancia, consolidación, el poder para modelar, el sentido de la forma, en Libra: sentido de la justicia, empeño en procura de armonía, sentido comunal.
Impulsos representados: Impulso social y amoroso; impulso de expresar afecto; impulso de goce.
Necesidades representadas: Necesidad de sentirse cerca de otro; necesidad de sentir comodidad y armonía; necesidad de dar las propias emociones.
Expresión positiva: Amor; dar y recibir con los demás; compartir; generosidad de espíritu.
Expresión negativa: Autocomplacencia; codicia; exigencias emotivas; inhibición de los afectos.
El mejor comportamiento del ser humano provendrá de la influencia de Venus, con el deseo de estimular una respuesta similar de los otros planetas. La esencia que se pone en compañía satisfactoria a través de las relaciones personales y sociales. Busca la armonización y rodearse de cosas agradablemente bellas que todas las cosas o personas pueden tener, al igual que todos los planetas y Signos del Zodiaco. Hay un énfasis en la seguridad económica y apreciación de las obras de arte y la buena música.

 

El planeta Venus, asociado con su homónima, la diosa romana del amor y de la belleza, y con la deidad griega Afrodita, simboliza el deseo de unión y de relación que hay en nosotros mismos. En términos junguianos, Venus es, como la Luna, un principio del Ánima que representa la necesidad de equilibrio y armonía, de unión y protección. Por la Casa que ocupa, Venus indica la esfera de la experiencia mediante la cual podemos alcanzar en la  forma más natural un sentimiento de paz, equilibrio, bienestar y satisfacción. En su dominio resulta estimulada nuestra capacidad de apreciar, valorar, amar y ser amados. Es allí donde somos complacientes y nos dejamos complacer, y donde exhibimos algo de nuestro mejor gusto y estilo, y de nuestra consideración por los demás. Todo esto suena muy bien, pero antes de precipitarse a ver dónde está emplazada Venus en su mapa, el estudiante ha de recordar que en la naturaleza de esta diosa había otros aspectos menos placenteros. No podía tolerar que la vida o las personas no estuvieran a la altura de lo que, en su opinión, debían ser. Debido a tan elevadas expectativas de perfección y armonía, es posible que la Casa de Venus denote un terreno donde, si la vida no alcanza a satisfacer esos ideales, podemos sentirnos decepcionados y desilusionados. Sin embargo, motivada por esa insatisfacción, Venus podría indicar también cuál es el área de la vida donde nos sentimos impulsados a hacer algo en virtud de lo cual el mundo (a nosotros mismos) sea un poco más justo, más armónico o más bello. Por la Casa, Venus puede señalar en qué campo de la vida sentimos rivalidad o envidia hacia los que quizás estén mejor dotados que nosotros. Es también allí donde nos valdremos de la seducción, de una engañosa dulzura y de parecidos artilugios para asegurarnos nuestros objetivos. Según es fama, Afrodita usaba un cinturón mágico que tenía el poder de encantar y esclavizar a los hombres. En ocasiones, Afrodita, la diosa del amor y de la belleza, convierte en un tormento y en un caos la vida de las personas. Finalmente, había veces en que Afrodita se comportaba como una especie de compensadora de desequilibrios. Por ejemplo, al insistir para que su hijo Eros hiriese a Plutón con uno de sus célebres flechazos, alteró gravemente la vida de la joven Perséfone, demasiado inocente y virginal -en opinión de la diosa- para su propio bien. En la Casa de Venus se necesita algunas veces cierta medida de dolor, de lucha o de sufrimiento para devolvernos a una situación más armónica y equilibrada si nos hemos apartado demasiado de ella, en la dirección que fuere. Puesto que Venus está relacionado con la apreciación y creación de todo aquello cuanto nos resulta hermoso o placentero, Venus también es el significador del arte y de la música. Entre otras cosas, el arte conlleva placer, el cual es también otro de los atributos de Venus. De hecho, nuestra Venus natal tiene mucho que decir en cuanto a las formas en las que obtenemos el placer y percibimos la belleza en todos los aspectos de nuestras vidas. Y, como tal, Venus es el que nos indica nuestra capacidad de disfrutar de la vida en el más amplio de los sentidos. El Signo ocupado por nuestra Venus natal, así como la Casa y sus aspectos, reflejarán en gran medida todo lo que nos hace felices; la forma en la que intentamos hacer felices a los demás, proporcionarles placer y demostrarles que los valoramos, que los apreciamos y que los queremos. Los aspectos a nuestro Venus natal describirán qué es lo que impide o apoya nuestra habilidad para hacer que tanto nosotros como los demás se sientan amados, valorados y felices. Otro importante punto sobre los aspectos de Venus es el de que cuando Venus entra en contacto con algún planeta, lo suaviza. No importa lo que represente el planeta, la influencia de Venus lo suavizará, lo hará más dócil y más flexible. Todas las cuestiones relacionadas con la comodidad, con la tranquilidad, con la lujuria, con la amabilidad o con la dulzura reforzarán o impedirán la expresión de este principio planetario. Tauro representa el lado más terreno y más sensual de Venus. En la Casa donde se encuentra Tauro buscamos el modo más directo la satisfacción de deseos de naturaleza física o instintiva, complaciéndonos en satisfacer apetitos como los de la comida y el sexo, y las necesidades básicas de comodidad y seguridad. La Casa de Libra, en cambio, es donde queremos realizar los ideales románticos y estéticos del amor, la belleza, la simetría y la proporción, en busca de lo que hay de bueno, de bello y de verdadero en la vida.

Es necesario que nos ocupemos de la palabra “meretriz” para poder entender mejor a Afrodita. Una prostituta simplemente se vende, una meretriz puede hacerlo, pero el término sugiere más bien desenfreno y libertad sexual. Hablar de “prostituta” es describir un trabajo, mientras que “ramera” es una forma de decir lo mismo en lenguaje vulgar. La palabra “cortesana” por otra parte, implica cultura, estilo y habilidad en las artes amatorias, un poco como la “geisha” japonesa. Esta mujer se vende, pero a un precio sumamente alto, y sólo a aquellos que tienen buen gusto además del dinero necesario. La meretriz puede ser salvaje y desenfrenada, y quizá no se venda siquiera o, si lo hace, no de la manera fría y calculadora de la prostituta. Por ello, el término “meretriz” suena más bien a abandono sexual que a venta del propio cuerpo por dinero. La meretriz del templo era una figura sagrada en Sumeria, Babilonia, Egipto e India. Estas mujeres no fueron jamás prostitutas en el sentido en que entendemos hoy la palabra. A algunas, como las que servían en el santuario de Afrodita en Pafos, Chipre, se las preparaba para ser “cálices” mortales de goce y el éxtasis divinos de la diosa, e iniciaban a los hombres en los misterios del dominio de Afrodita. La meretriz del templo es, por consiguiente, una mujer que encarna y canaliza la esencia de “Eros”, que es el don de la deidad al ser humano. Es sagrada debido a la diosa a quien sirve y a la honrosa tarea que realiza, y simboliza la extraña paradoja que encontramos en Venus, esa misteriosa fusión de la sexualidad sagrada y la profana que se burla de las interpretaciones morales ordinarias. No hay vínculos matrimoniales, ni lazos de amor erótico, ni se hace después reclamación alguna. Esto nos dice algo más sobre Venus: que a ella no le conciernen los compromisos que vinculan a través del tiempo (Saturno), ni refleja tampoco el sentimiento ni la idealización del amor “romántico”, que experimentamos por mediación de Neptuno. A la meretriz sagrada se la consideraba también como la iniciadora de los hombres, y como la inspiración de la virilidad del hombre. Esto es algo muy diferente del poder de la diosa lunar, cuyo derecho sobre un hombre depende del hecho de haberle dado la vida y haberlo alimentado en su infancia; el papel de Venus es más bien la del “Anima” o imagen del alma, que libera al hombre de las garras de la madre haciéndole descubrir su potencia y su capacidad para el amor y el goce, sin ningún vínculo emocional. Indudablemente, todo esto es un material bastante incómodo si se es un severo moralista o incluso una feminista radical. Para quien vea en esta figura de la meretriz sagrada venusiana una denigración de lo femenino andará muy errado. Parte del poder y del carácter sagrado de la meretriz del templo surge de su negativa a dejarse limitar por las leyes y las obligaciones de la vida familiar convencional; ella es capaz de entregarse con abandono, y de este modo encontrarse a sí misma y descubrir su propia capacidad para el placer, sin preocuparse por quién pagará el techo bajo el que se cobija. No hay ningún marido que la acobarde o la limite, no está atada por las necesidades de un hijo que depende de ella. Su propio placer y su goce es lo que llena de placer y de goce a sus sucesivas parejas, y no teme darse a sí misma porque “es” ella misma. En la sociedad moderna hemos perdido el contacto con este arquetipo femenino, porque el amor erótico no se le ve ya como algo sagrado, y la meretriz se ha convertido en una simple prostituta. La analogía moderna más próxima es la amante autosuficiente, que prefiere vivir independientemente y sin embargo encuentra su realización como amiga y compañera erótica de un hombre (o varios). De todas las deidades del antiguo panteón que personifican los planetas interiores, quizá sea Afrodita  la que menos integrada está en la sociedad actual.

Aunque en el mito griego Afrodita esté casada con Hefesto, el matrimonio es más bien como una broma. Afrodita lo engaña continuamente, y en realidad no pertenece a nadie excepto a sí misma. Las primeras diosas del amor, Inanna e Ishtar, no están casadas, y a veces se las presenta como meretrices vírgenes, una expresión que no es contradictoria, porque la palabra “virgo” en latín significa simplemente “soltera” o “dueña de sí”. Es importante considerar las diferencias entre Venus y la Luna en este contexto, porque estos dos planetas son realmente opuestos psicológicos, dos rostros complementarios de lo femenino. La Luna necesita pertenecer a alguien, preferiblemente a una familia o un grupo. La necesidad lunar de formar parte de una unidad puede incluir a los hijos, el país, la ciudad o los antecedentes raciales de la persona, pero está esencialmente dominada por el anhelo de pertenecer y tener raíces. Venus, al contrario, sólo pertenece a sí misma, no le preocupa ni el pasado ni el futuro, y aunque en el mito tiene algún que otro hijo, como Eneas, no es lo que llamaríamos una diosa maternal. En la iconografía, a Afrodita/Venus no se la representa jamás con un bebé en los brazos. Se entrega a cualquier dios o héroe a quien “ella” desee, no a ninguno que la necesita y la quiera. No se entrega a sí misma sólo porque alguien la ame. En el mito, a Afrodita de cuando en cuando la embarga un vehemente y frenético deseo por alguien en particular, a quien entonces fascina y seduce. Por supuesto, no padece ninguna clase de inseguridad, sino que expresa un poder de atracción absoluto, no debido a lo que pueda ofrecer (afecto, cuidado, fiabilidad), sino por ser como es. No “hace” nada para que la amen, porque ella “es” la esencia de la amada. La Luna es empática por naturaleza, y responde fácilmente a los sentimientos de otra persona; a la Venus mítica, en cambio, no sólo no se la conoce por ser compasiva, sino que de hecho puede ser increíblemente insensible y capaz de desatar la destrucción sobre los mortales, imponiéndoles pasiones inapropiadas e incontrolables. Pero la Luna también puede usar su empatía natural para crear en los demás un sentimiento de obligación. Es el síndrome de “déjame que te planche las camisas, te haga el té y te consuele y entonces estarás en deuda conmigo”, que puede combinar una sensibilidad y un cuidado auténticos con una especie de trueque en que la otra “mercancía” es la seguridad emocional. Así pues, en realidad Venus simboliza un amor por uno mismo y una autoestima absolutas; puede dar gozosamente a los demás, pero no depende de ellos para sentir que vale. Afrodita no se va al bar de la esquina para “atrapar” a un hombre. Ella no es una buscona; es el hombre quien la busca.

Una de las características dominantes de Afrodita es su extrema vanidad. Se nos ha educado en la creencia de que la vanidad es algo terrible; se espera de nosotros que no nos miremos demasiado al espejo ni gastemos una cantidad excesiva de dinero en nuestro aspecto externo. Todo eso es “narcisismo” y “egoísmo”, cuando en realidad deberíamos pensar en el bienestar de los demás. En el cuento de hadas de “Blancanieves”, es la reina perversa quien continuamente se mira en el espejo y le pregunta: “¿Quién es la más bella de todas?”. La vanidad hace que Afrodita sea sumamente competitiva con las demás diosas y esté muy celosa de ellas, e incluso de las mujeres mortales que podrían hacer que se cuestionara su belleza. Esto es lo que pasa en el mito de Eros y Psique. Psique es una mortal cuya belleza es tan grande que la gente empieza a compararla con Afrodita, hasta que la diosa, fiel a su naturaleza, decide preparar un terrible final para la pobre chica. La rivalidad entre padres e hijos es un rito de pasaje, que nos aguarda a todos en mayor o menor grado a medida que desarrollamos el aspecto venusino de nuestra naturaleza. Nos encontramos con este problema durante toda la vida, porque allí donde hay deseo y atracción habrá también rivalidad; y nuestra capacidad para manejar con ingenio, integridad y confianza este dilema que nos plantea la vida, depende inicialmente de lo que hayamos aprendido en nuestra infancia, hasta que podamos hacer que nuestra propia compresión de nosotros mismos influya en la situación. En la niñez, el triángulo edípico nos pone en situación tanto de perder como de ganar, y a fuerza de enfrentarnos con ambas experiencias alcanzamos un sentimiento de identidad personal mucho más fuerte. Si a un niño no se le permite expresar la rivalidad, entonces será inevitable que, más adelante, tenga dificultades para expresar a su Venus. Por lo tanto, este es el lado “malicioso” de lo femenino, el que muchos hombres, e incluso mujeres, encuentran tan perturbador y amenazante, porque parece absolutamente egoísta, amoral y falto de ética. Pero Afrodita jamás podría ser ética en el sentido social (Saturno), ni tampoco en el religioso (Júpiter). Su ética es la de la belleza, que posee su propia lógica innata. Así que, la vanidad de Afrodita es un aspecto inevitable de su naturaleza, así como el cinturón mágico que la hace irresistiblemente atractiva. Se adorna con oro, y ella misma es “áurea”, un atributo que nos habla de su importante relación con el Sol y las cualidades solares. Su marido, Hefesto, el cojo y feo dios herrero, siempre está creando objetos de oro para que ella los luzca. La piel de Afrodita es dorada, y también dorados sus cabellos, y la diosa brilla como el Sol. Seduce a los hombres a la luz del día; cuando la invade el deseo por el troyano Anquises, el padre de Eneas, hace el amor con él en mitad de la mañana, a la vista de todos, sobre la ladera de una colina. Nada de andar a tiendas bajo el velo de la oscuridad lunar. Esta desvergonzada luminosidad solar es el rostro creativo de la vanidad y el “narcisismo” de Afrodita. El tema mítico del carácter áureo de Afrodita me lleva a su símbolo más difundido, la manzana de oro. Esta manzana aparece en muchas culturas diferentes en relación con la diosa del amor erótico.

La manzana de oro aparece en la historia de Paris, un joven y guapo príncipe troyano que ha tenido ya sus éxitos con las mujeres, y sus muchas experiencias eróticas le valen el desafortunado honor de que Zeus lo llame para que sea el juez de una competición de belleza entre tres diosas: Hera, Atenea y Afrodita. El premio del concurso es una manzana de oro. Como Paris es tan inteligente como apuesto, sabe que sea quien sea la elegida, las otras dos inevitablemente se vengarán de él de una forma u otra, y de un modo típicamente adolescente, intenta eludir el problema de la elección, primero negándose a participar, y después sugiriendo que dividan en tres la manzana. Por supuesto, estas formas de evasión, típicamente humanas, son rechazadas. Hera, la reina de los dioses, le ofrece riqueza, una buena posición y el poder mundano; Atenea, la diosa virgen de la batalla, le ofrece el don de la estrategia y la habilidad en las artes de la guerra. Afrodita no le promete nada; se limita a aflorarse el cinturón. El resultado del concurso es, pues, previsible. Como recompensa por haberle concebido la manzana de oro, Afrodita ofrece entonces a Paris la mujer más hermosa del mundo, Helena de Esparta, que lamentablemente ya está casada con otro, lo cual, desde luego, no disuade a la diosa. Helena y Paris se fugan juntos, y así se inicia el cataclismo de la guerra de Troya. Esta historia no trata en realidad del amor, sino de la elección y la declaración de los valores individuales. Es un mito venusino, no sólo porque Afrodita gana el concurso de belleza, sino porque Paris, como todos los mortales, se enfrenta a la necesidad de elegir y de atenerse a las consecuencias. Como es joven y enamoradizo, asigna el valor supremo del amor erótico. Si hubiera sido mayor, un guerrero o un gobernante maduro que hubiera sufrido algunas desilusiones conyugales, quizá se habría resistido al poder de la diosa del amor y habría escogido a cambio a Hera o a Atenea. Así pues, en relación con Venus debemos preguntarnos: ¿Qué es lo que más valoro? Ninguno de nosotros puede amar a todo el mundo ni valorar todas las cosas, pese a lo que puedan pensar algunos acuarianos; y todos buscamos como parejas o como amigos a personas con quien seamos “compatibles”. Esto significa, en realidad, personas con quienes podamos compartir por lo menos algunos de los valores que más apreciamos. Venus simboliza nuestra capacidad de dar forma e identidad a lo que valoramos, y es la base de la autenticidad de nuestras elecciones personales. La historia de Paris destaca que no podemos eludir el problema de la elección y la expresión de los valores individuales. Son los dioses quienes decidan que Paris debe cumplir con su parte en esa historia, y quizá sean los dioses interiores los que, el alguno coyuntura crítica de la vida, nos plantean un dilema, en que debemos escoger una cosa o persona en vez de otra, y atenernos a las consecuencias de esa decisión. Así pues, en Afrodita el “frenesí del deseo” -la persecución de la persona o del objeto amado- se realimenta de sí mismo, de modo que lo que a la larga se deriva de él es la profundización y un fortalecimiento de los propios valores. No existe el deseo de fundirse hasta perder los límites de la propia identidad, que encontramos en Neptuno, ni ninguna necesidad de incorporarse a una unidad colectiva en busca de seguridad emocional, que encontramos en la Luna. Nos descubrimos a nosotros mismos al reflexionar sobre lo que amamos y encontramos hermoso, porque el objeto del deseo es un gancho que permite colgarle la proyección de lo que en nuestro interior consideramos como la mayor belleza y el valor supremo. Creo que ha quedado claro por qué Venus no le interesan realmente las relaciones “per se”, sino más bien la autodefinición a la que se llega mediante las relaciones. En el “Fedro” de Platón hay un pasaje muy hermoso en que el filósofo nos habla del hecho de ver reflejado en el rostro del ser amado un atisbo del dios al que pertenece la propia alma. Y este es el significado más profundo de Venus: lo que se ama, ya sea una persona, un objeto o un ideal intelectual, como espejo de la propia alma.

Ahora bien, si hemos de ser leales a esta dimensión de la psique que la astrología llama Venus, es obvio que tarde o temprano vamos a desviarnos de los valores y la moral colectivos, porque aunque nuestros propios valores pueden adecuarse cómodamente a los del grupo durante la mayor parte del tiempo, por lo general llega un momento en que ya no es así. Lo más frecuente es que la colisión tiende a producirse en el campo del matrimonio y de la familia, porque estas personas son, para la mayoría de nosotros, el colectivo inmediato. Debido quizás a esta dinámica básicamente humana, en el mito Afrodita está siempre provocando adulterios entre los mortales. Generalmente alguien es engañado por su mujer o por su marido, o se siente herido por una pasión sumamente inadecuada. El compañero constante de Afrodita en sus malignas incursiones entre los mortales es su hijo Eros, quien dispara sus flechas desde atrás para herir a las víctimas por ella elegidas. La imagen de la flecha es muy adecuada, porque realmente nos sentimos “heridos” por un profundo deseo, y lo que con más claridad lo demuestra son los sentimientos que con frecuencia durante los tránsitos y progresiones importantes que implican a Venus. Como podéis ver, Afrodita representa una profunda amenaza para el colectivo, tal como lo es, en el mito, para la diosa Hera, su enemiga arquetípica. Afrodita es una diosa amoral para las normas convencionales, y la gente sufre por causa de sus pasiones: las familias se deshacen, esposas y maridos son abandonados, los hijos se ven expuestos a las habladurías, etcétera. Allí donde Afrodita esté activa y pasándoselo bien, generalmente encontraréis a alguien con una tremenda confusión emocional. Sin embargo, si la miramos con ojos menos dogmáticos, podemos ver que es la gran “afirmadora” del individuo, porque desafía la interpretación colectiva de lo que es una relación “correcta” al plantear el problema emocional de los valores individuales. Cuando estamos desconectados de Venus, esto tiene ciertas repercusiones características. Una de ellas, en un nivel muy básico, es una pérdida de autoestima que en realidad ninguna compensación -ya se trate de la aprobación de los demás o de una ideología de autonegación- es capaz de suplir. Si en el mapa natal Venus está bloqueada o ha “desaparecido” en la Casa 12, o hay modelos parentales que hagan pensar que en esta dimensión de la vida ha de ser suprimida, entonces es frecuente que haya una pérdida del sentimiento espontáneo de goce y de placer y de la simple confianza en uno mismo que la diosa personifica. Mucha gente hace grandes esfuerzos por compensar esta pérdida de autoestima cultivando en exceso el intelecto, o persiguiendo rabiosamente el éxito mundano a expensas de todo lo demás, o refugiándose en las alturas del espíritu y negando el cuerpo, o convirtiéndose en alguien que lo más probable es que guste absolutamente a todo el mundo a fuerza de ser tan y tan “bueno”. Pero la autoestima de Venus, que es más personal y está más centrada en el cuerpo que la autoexpresión del Sol, no puede ser reemplazada por los dones de ningún otro dios. Afrodita pesa sus encantos, no es ninguna tonta. Es la más astuta de las deidades, y puede ser tremendamente traicionera. Hay una asombrosa combinación de belleza y gran inteligencia en esta deidad, que no siente aversión alguna por la estrategia (su aspecto en Libra). Se trata de una combinación única en el panteón divino. Afrodita también es una portadora de cultura. Su inteligencia, su dominio de la estrategia y su sentido de la estética la diferencian de las deidades lunares, cuyos atributos son más instintivos. Afrodita enseña el “arte” de amar, en lugar de representar el deseo como preludio del embarazo y del parto. En el momento en que nos referimos al arte, estamos combinando la expresión del instinto con la imaginación y la fantasía y con la disciplina de la artesanía. El erotismo de Afrodita transforma la libido en bruto de la sexualidad física en algo completamente diferente, que se puede expresar también por otros medios, como la danza y la poesía.