LUNA

LA LUNA: Regente de Cáncer y la Casa 4
Dos Medias Lunas, la reencarnación del Alma.

Nota clave: Predisposición subconsciente, sentimientos, respuestas, madre, hogar, hábitos domésticos y hábitos generales. El lugar en el que nos refugiamos, en el que nos sentimos más seguros. Nuestra forma de sentirnos protegidos y de proteger a los demás. Nuestra capacidad de adaptación.
Correspondencia psicológica: Riqueza de sentimiento, el sentimiento de paternidad y maternidad.
Impulsos representados: Impulso de sentir apoyo interior; impulso de seguridad doméstica y emotiva.
Necesidades simbolizadas: Necesidad de tranquilidad emotiva y sentimiento de pertenencia; necesidad de sentirse bien con uno mismo.
Expresión positiva: Sensibilidad, contento interior; sentido personal fluido y adaptable.
Expresión negativa: Supersensibilidad, inseguridad, sentido personal impreciso e inhibitorio.
Es la necesidad de sentirse querido, el cariño. Representa la seguridad emocional en respuesta a las situaciones de la vida. Es importante observar y determinar como uno conduce su vida en el hogar y las relaciones con las mujeres en general. Es el amor maternal frente al romántico. Pide ese afecto que satisfaga la inseguridad emocional. Representa nuestros sentimientos arraigados en nosotros mismos. La imagen del Ser, la imagen sublime inconsciente. Habla de cómo nos llevamos con los demás.

En los cielos, la Luna no tiene luz propia; se limita a reflejar la luz del Sol. A diferencia del Sol, que muestra dónde se necesita un esfuerzo para llegar a ser un individuo consciente, la Luna es aquel sector de la vida donde hay una tendencia natural a unirse y adaptarse a lo dado. La Casa de la Luna indica dónde somos sensibles a las necesidades e influencias ajenas, y respondemos a ellas. Es donde nos dejamos moldear más fácilmente, donde nos configuran el hábito y los condicionamientos del pasado y donde es probable que nos veamos trabados por ideas, expectativas, valores y normas de nuestra familia o de nuestra cultura. Algunas de estas pautas innatas pueden ser valiosas y constructivas, en tanto que otras quizás obstruyan o demoran el progreso en direcciones nuevas. El dominio de la Luna es el sector de la vida donde nos refugiamos cuando necesitamos un descanso, una pausa o un santuario que nos resguarde de la pugna de la individualización y del aumento de conciencia. Lo que nos atrae en la esfera de la vida donde se aloja la Luna es una necesidad de pertenencia, de consuelo o de seguridad. Es allí donde encontramos o representamos  a la Madre: en su domicilio buscamos seguridad, contención o la sujeción de un ancla, o bien ofrecemos a otro apoyo y otra atención en estos aspectos de la experiencia. En los cielos, la Luna pasa por fases y ciclos: a veces está llena y abierta, otras veces está cerrada y oculta. De modo similar, la Casa en la cual está emplazada indica dónde es probable que tropecemos con circunstancias fluctuantes, dónde “atravesamos fases” que dependen de nuestros estados de ánimo cambiantes: en ocasiones abierto y vulnerable, otras veces cerrado y retraído. Es el sector donde podemos exhibir un comportamiento regresivo, infantil e inseguro. En sus aspectos más positivos, es donde nos mantenemos en contacto con el lado emocional e instintivo de la vida, y donde se manifiestan las inclinaciones y los recuerdos útiles que sirven de apoyo a la existencia. Las mujeres pueden desempeñar un papel importante en nuestra vida según la Casa donde esté emplazada la Luna, un principio femenino básico o, para la psicología junguiana, un principio del Ánima. La Luna describirá, sobre todo por Signo, qué es lo que nos calmará, qué es lo que nos apaciguará y reconfortará, mientras que los aspectos nos mostrarán todo aquello que favorecerá u obstaculizará estos acontecimientos. En el más amplio de los sentidos, la Luna, junto con el IC y su regente, describe de dónde venimos, es decir, nuestra procedencia, nuestro pasado, nuestro ambiente emocional, nuestras raíces, nuestra historia y nuestra herencia. También puede describir nuestra manera de actuar e indicar la forma en que solíamos comportarnos de niños como respuesta a las normas de nuestro entorno, así como cuáles siguen siendo nuestras tendencias de comportamiento, tanto las inconscientes como las motivadas por la fuerza de la costumbre. Con frecuencia, la Luna y sus aspectos describen cómo reaccionamos y respondemos de forma automática, es decir, inconscientemente, frente a los estímulos. Al igual que describe nuestro ambiente hogareño, aquel en el que más a gusto nos sentimos, los aspectos a la Luna, normalmente, también suelen indicar con cuánta facilidad o dificultad nos enfrentamos a aquél, así como lo fácil o difícil que nos resultará convivir con los demás. Esto se halla muy relacionado con nuestra capacidad de adaptación, así como de nuestra capacidad para sentirnos protegidos en el ámbito emocional. Cuando nos sentimos seguros de poder mostrarnos como somos realmente, entonces, normalmente, podremos llegar a comportarnos de una forma más espontánea y seremos mucho más capaces de adaptarnos a otros tipos de vida, así como de respetar las costumbres de los demás, en particular, en cuanto a todo lo que se refiera a sus hábitos domésticos, a sus cambios de humor, etcétera. La madre es la primera persona a la que nos sentimos unidos y, por ello, también la primera hacia la que nos volvemos en busca de una aceptación incondicional. Así pues, la Luna es la que describe a la madre, pero también describe cómo fueron nuestras primeras experiencias infantiles en general y, por ello, también puede representar tanto el padre como a todas las demás personas que nos cuidaron. Aunque, cuando la Luna es el significador de alguien que nos cuidó sin ser nuestra madre biológica, normalmente, ello suele verse claramente reflejado en el mapa natal, a través de la situación de las Casas, de sus regentes o de otros factores. En cualquier caso, la Luna por Signo, por Casa y por aspectos, reflejará en gran medida cómo llegamos a sentirnos durante nuestra infancia y, en particular, cómo podíamos sentirnos a salvo. Nuestra forma de sentirnos a salvo y protegidos en la actualidad, así como la forma en la que protegemos y cuidamos de los demás, o la facilidad o dificultad con la que somos capaces de hacerlo, se hallará especialmente influenciado por la Luna.  La Casa que tiene el signo del Cáncer en la cúspide, o que lo contiene dentro de sí, ejerce una influencia similar a la de la Luna en esta Casa.

 

Las Diosas de la Luna: los Arquetipos Lunares

A causa de las diferentes fases de la Luna, los mitos y los arquetipos han debido ajustarse a estos aspectos variables. La Luna como representadora de la multiplicidad, no puede por menos que mostrarse en sus múltiples caras o facetas. La Luna Llena, redonda y luminosa, se asimila al modelo mítico de Artemis de Efeso, la de múltiples pechos, la gran madre nutricia. Mientras que Hécate está asociada el modelo representativo de la Luna Nueva y oscura. La Luna Creciente o Menguante, visible solo a primeras horas de la noche o justo antes del amanecer -conocidas como las horas del cazador- cuando los animales salen de sus escondites y pululan con mayor actividad, es la Luna con forma de arco y está asociada con el modelo de Artemis o Diana Cazadora, que con su arco en las manos, simboliza la Luna Creciente o Menguante. Los mitólogos romanos representaron muy acertadamente este triple carácter lunar. Erigían en las encrucijadas de los caminos una imagen con tres caras, plasmando así su triple personalidad; Artemis en el cielo, Diana en la tierra y Hécate en los infiernos.

 

La Diosa Artemis

El primer modelo lunar, representa al plenilunio y está asociado, entre otros, al mito de Artemis de Efeso, la de los incontables senos, y se relaciona astrológicamente con la exaltación de la Luna en Tauro. Acertadamente, a esta divinidad femenina también se la conocía con el nombre de “Tauride”. En las antiguas leyendas, Artemis era la diosa de la fecundidad, de la vida vegetativa, Su culto se extendió por el peloponeso y alcanzó su máximo esplendor en Asia menor. El centro principal de su culto se centró en Efesos, de donde procede su imagen clásica representada con una especie de corona en forma de torre o de cesto, muy similar a la lleva la diosa mediterránea Tanit y que pertenece a la mitología fenicia, muy arraigada en el mediterráneo del levante español. Pero lo más destacable de esta representación es la infinidad de senos nutricios que le llenan todo el torso. Esta exageración de pechos pretende emular la capacidad nutricia sin límites de la Luna llena. Este modelo se distingue claramente del de Artemis -Diana- que después se expondrá, pues lejos de ser Virgen, es una verdadera nodriza. La nodriza y protectora universal de todos los seres vivos de nuestro planeta. En el mito, su acción fecundante alcanzaba a todas las formas de vida, tanto vegetal como animal o humana. Se la consideraba como protectora de los desposados y de las madres de prole numerosa, era la diosa maternal, la distribuidora de la fecundidad, la patrona de los alumbramientos. Los mitos sobre este modelo de Luna Llena, se pierden en la noche de los tiempos, ya se conocía un modelo similar en las culturas orientales. Entonces aparecía como la gran Diosa Blanca, la gran Cerda Blanca, como le llamarían después. Durante sus celebraciones festivas, en Asia menor, las madres nodrizas consagraban a sus hijos en el templo de la diosa, y en medio de danzas y de un banquete rústico, se sacrificaba un gorrinillo en su honor. Artemis, como prototipo humano, podemos asociarlo con el tipo de mujer cuyo objetivo principal es fundar un hogar y ser madre. Representa a la mujer fértil y procreadora, la originadora de la familia como célula fundamental e imprescindible para la conservación de la especie humana. Es el modelo de mujer madre por encima de todo.

 

El modelo de Diana

En la mitología clásica, Diana es la Diosa de la caza y de los bosques y tiene como símbolo un oso. Si nos adentramos en el símbolo del oso, que aparece como compañero de Diana y cuya forma adopta a menudo cuando hace sus apariciones, obtendremos una imagen muy pura, aunque poco atractiva, de este modelo imitado por muchas mujeres. El oso es símbolo de la casta guerrera, opuesta a la del jabalí que simboliza la casta sacerdotal. En Siberia y en Alaska se asimila igualmente al oso con la Luna, porque desaparece cíclicamente ocultándose en invierno y reapareciendo en primavera. También se la asocia con el oso porque su soplo misterioso emana de las cavernas. Las cavernas son análogas al aspecto femenino de la orografía terrestre, opuesto claramente a las cúspides de las montañas, reservadas éstas, como veremos más adelante a la simbología sacerdotal. En la leyenda se cuenta que se postró a los pies de su padre (Zeus) y, abrazada a sus rodillas le pidió, en vez de alhajas o adornos, una corta túnica, un calzado de cazadora, un carcaj con sus flechas y un arco como el que tenía su hermano Apolo. Por ello Diana tiene las mismas atribuciones que Apolo, como él, va armada de un arco y un carcaj, y por eso la llamaban “Apollousa” la destructora, y también “Iocheaira” la que se complace en disparar sus flechas. Diana es la que hace sucumbir bajo sus temibles flechazos a los infelices humanos. A semejanza con Apolo, Diana es también la diosa de la muerte súbita, y sus víctimas preferidas son las mujeres. La leyenda de Acteón nos relata como este joven cazador, un día, acosando con sus perros una presa, llegó al lugar cerca de una fuente donde Diana y sus acompañantes se estaban bañando, y maravillado por la belleza de la diosa se entretuvo más de la cuenta en observarla y fue sorprendido. Furiosa, Diana de que un mortal hubiera podido contemplar su desnudez, metamorfoseó a Acteón en ciervo y lo entregó a la voracidad de su propia jauría. Este aspecto de falta de piedad, fiero y destructor se repite en la leyenda de Calisto, una ninfa cazadora y virgen que formaba parte de su séquito, de quién Zeus se enamoró. Como en todos los mitos Zeus se transformaba para acercarse a sus amadas. En unas leyendas se dice que se metamorfoseó en la misma Artemis para acercarse a la ninfa, pues Calisto huía de todos los hombres para preservar su castidad. Disfrazado de esa manera, Zeus la poseyó. Cuando un día Artemis y sus ninfas estaban bañándose, completamente desnudas, al ver el cuerpo desvestido de Calisto, se hizo evidente su estado de gestación, pues su vientre no era tan liso como el de las demás ninfas. Entonces, Artemisa, cruel guardiana de la castidad, se encolerizó, como era costumbre en ella cada vez que ocurría algo similar, y transformó a Calisto en una osa y la mató a flechazos. Al enterarse Zeus y apesadumbrado por la muerte de su amada, recogió su espíritu y lo llevó al lugar más importante del cielo y lo colocó como la constelación más visible del firmamento con el nombre de la Osa Mayor. Esta crueldad consciente de Artemis también tiene sus consecuencias inconscientes como ocurre en el mito de Orión de quién Artemis estuvo enamorada. Un día en que Orión se bañaba en el mar y se había alejado hasta el horizonte de la costa. Apolo retó a su hermana a que alcanzase con una flecha el punto móvil más alejado que no era otra cosa que la cabeza de Orión que jugueteaba a lo lejos con las olas. Artemis tendió su arco, y su flecha fue a clavarse en su amado. Aunque hay otros mitos que dicen que lo mató porque intentó hacerle el amor. Sea como fuere, parece ser un modelo que se repite en cierta clase de mujeres que no consiguen mantener una pareja en condiciones normales. Esta actitud cruel y destructiva del arquetipo encaja con la mujer que se emancipa forzadamente, destrozando al hombre que la poseyó y que no supo o no pudo darle lo que ella demandaba. Es el modelo de mujer libre y luchadora, amante de la libertad, reivindicadora de sus derechos como individuo igual al hombre, representa al prototipo de mujer soltera, divorciada o célibe que se aplica con todas su energías a la formación de su propio mundo. En este modelo la mujer quiere ser igual al hombre con todos sus atributos, no necesita lujos, sino libertad de acción. Cosa que pocos hombres saben dar a sus mujeres.

 

La Diosa de la Luna Nueva: Hércate

El tercer modelo lunar se relaciona con el novilunio o Luna negra, periodo durante el cual la Luna no refleja ninguna luminosidad y está asociado a Hécate, la tercera divinidad lunar. Este modelo posee características semejantes a las de Diana, con quién a veces se confunde. Se la considera erróneamente un modelo perverso o terrible porque es la diosa de las almas de los muertos, sin embargo, como afirma Hesiodo, Hécate tiene un aspecto benigno y protector, en su leyenda concede a los hombres la riqueza, la victoria y la sabiduría. En sus mitos aparece como hija de Zeus y de Hera y muchos mitólogos la asocian con Perséfone o Prosepina. Cuenta que una ocasión sufrió la cólera de su madre por robarle los afeites para dárselos a Europa, para evitar el castigo materno Hécate huyó hasta esconderse en la casa de una mujer que había dado a luz recientemente, por ese contacto quedó impura. Esta leyenda tiene varias interpretaciones y diferentes maneras de contarla. Siguiendo con el relato, Hécate para desvanecer sus impurezas se sumergió en las aguas del Aqueronte (el río de las aguas cenagosas y amargas, el “río de la aflicción” o el “río del dolor”). A través de esta purificación se convirtió en una divinidad de los infiernos, quedando de nuevo asociada a Perséfone. En el mundo de los infiernos gozaba de gran autoridad, presidía las purificaciones y las expiaciones, y tutelaba los hechizos y las prácticas mágicas. En otra leyenda se cuenta que enviaba a la superficie de la Tierra a los demonios, como los ladridos de los perros, que son el tormento de los humanos. Subía por la noche acompañada de su jauría de perros. Nunca aparecía sola, sino acompañada por un cortejo de las almas de los que encontraron una muerte violenta y de los que murieron antes de tiempo. Los perros eran la única víctima que podía sacrificársele a la diosa, porque se decía de ellos que era el único que ladraba a la luna. Por ello, el simbolismo del perro está estrechamente ligado a la Luna y al Signo zodiacal de Cáncer. Un poco más al sur de esta constelación, se encuentran las constelaciones de los canes, el Can mayor, con la brillante estrella Procyón (Cabeza del can) y más al sur, el Can Mayor, con Sirius, la estrella más brillante del firmamento boreal, el corazón del Can Mayor. En las mejores representaciones del tarot, en la carta que se corresponde con la Luna, aparecen también estos dos canes. Según la interpretación de Stanislas de Guaita, los canes ladran al Sol en su órbita anual, para avisarle de que ha llegado al punto culminante de su trayectoria. Pero la mayor parte del significado simbólico del perro lunar está estrechamente relacionado con la muerte. El perro lunar es un perro de caza, y sirve como ayuda para provocar la muerte de las personas, como en la leyenda de Acteón. El perro lunar se contrapone al perro pastor. Aunque la función mítica universalmente aceptada del perro, es la de psicopombo, guía del hombre en la noche de la muerte, tras haber sido compañero en el día de la vida. Todas estas asociaciones enlazan con el mundo invisible y con las tinieblas, relacionadas con el Signo donde la Luna tiene su caída, Escorpio, y de nuevo este modelo se entremezcla con Perséfone. Hécate es la personificación de la Luna oscura, análoga al principio femenino en su aspecto magnético. Simboliza a la madre terrible y castradora, provocadora de la locura, el lunatismo y las obsesiones. Los atributos de este modelo femenino son “la llave”, “el látigo”, “el puñal” y la “antorcha”. Estos atributos aclaran un poco este oscuro y desconocido arquetipo. Cuando Démeter encuentra a Hécate, ésta tiene un hacha encendida en las manos, constituyendo un símbolo de purificación. El simbolismo de la antorcha nos habla de un prototipo que ha pasado una purificación, una iluminación o una transformación profunda que le otorga una lucidez especial. La “llave” es un símbolo de poder, la llave sirve para abrir y cerrar. La llave simboliza al jefe, el amo, al que detenta el poder de decisión y de responsabilidad. El poder de la llave permite unir y desunir, es el poder que permite el acceso o encierra en su interior. De este simbolismo se puede deducir que este modelo solo puede ser representado por un tipo muy especial de mujer, que ha de demostrar un poder de decisión muy definido, un dominio y una responsabilidad especial. En lenguaje esotérico, poseer la llave significa haber sido iniciado. Indica no solo la entrada en un lugar, ciudad o casa, sino el acceso a un estado, una morada espiritual o un grado iniciático. El “látigo” es también símbolo de poder. El simbolismo del látigo refunde el del lazo y el del cetro, signos ambos de dominación y superioridad. El látigo expresa la idea de castigo, y también la potestad de envolver y dominar. Por ello este atributo señala el poder de castigar, de hacer “justicia”. El derecho a infringir castigos es lo que mejor caracteriza este modelo lunar, y tiene su mejor representación en la mujer castigadora, envolvente y dominante. El simbolismo del “puñal” también tiene una connotación de poder, pero en este caso limitado. El puñal no puede asimilarse a la espada en su significación, pues la posibilidad de ser escondido se relaciona con el anhelo de agresión, la amenaza informulada, inconsciente. El puñal es servidor de los instintos, en la misma medida que la espada lo es del espíritu, el puñal, por su tamaño, denota lo “corto” del poder de agresión, la carencia de alturas de miras y de potestad superior. El puñal representa un prototipo con poder de agresión en las “distancias cortas”, nunca a la luz del día ni a las claras. Este poder de agresión es lo que hace a estas mujeres temibles y respetables.